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2 de Septiembre de 2026

Los universitarios descansan peor que hace 20 años: el problema de no ver el descanso como parte del aprendizaje

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Los universitarios descansan peor que hace 20 años: el problema de no ver el descanso como parte del aprendizaje

Estudiar hasta tarde, terminar un trabajo de madrugada o superar la semana apoyándote en la idea de que el fin de semana servirá para recuperar el sueño perdido forman parte de una imagen habitual de la vida universitaria. Podría parecer que poco ha cambiado: generaciones anteriores también pasaban noches frente a los apuntes y afrontaban épocas de exámenes durmiendo menos de lo habitual.

Sin embargo, cuando se comparan los datos durante más de dos décadas, sí se aprecia una diferencia importante. Los universitarios actuales se sienten descansados con mucha menos frecuencia que quienes estudiaban a comienzos de siglo.

Un análisis de cerca de 1,6 millones de estudiantes universitarios de Estados Unidos, realizado a partir de encuestas recogidas entre 2000 y 2023, muestra que el número medio de días a la semana en los que los jóvenes consideraban haber dormido lo suficiente para despertarse descansados pasó de 3,07 a 2,42 días.

El cambio resulta todavía más evidente al observar a quienes apenas conseguían esa sensación durante dos días a la semana. En el año 2000 eran aproximadamente el 39,5 % de los estudiantes. En 2023, alcanzaban ya el 59,8 %.

Es decir, casi seis de cada diez universitarios decían despertarse suficientemente descansados como máximo dos días de cada siete.

No se preguntó simplemente cuántas horas dormían

Este detalle es importante para entender los resultados.

Los investigadores no preguntaron a los estudiantes si dormían seis, siete u ocho horas. La cuestión era mucho más sencilla: “¿Cuántos de los últimos siete días dormiste lo suficiente como para sentirte descansado al despertar?”

La respuesta introduce elementos que una cifra de horas por sí sola no recoge. Dos personas pueden pasar el mismo tiempo en la cama y levantarse de manera muy diferente. La continuidad del sueño, los despertares nocturnos, el horario, la regularidad o las necesidades individuales también influyen en la sensación de descanso.

Esto no significa que la duración deje de importar. Para los adultos, las recomendaciones establecen de forma general al menos siete horas de sueño de manera habitual. Dormir sistemáticamente por debajo de ese umbral se relaciona con un peor funcionamiento cognitivo y diferentes problemas de salud.

Pero el nuevo estudio pone el foco en algo especialmente cotidiano: no basta con poder decir que se ha dormido; importa cómo se llega al día siguiente.

El deterioro no empezó de repente

Otro dato interesante aparece al observar la evolución año a año.

Durante los primeros años analizados, aproximadamente entre 2000 y 2008, el descanso de los estudiantes incluso mostró una ligera mejoría. Fue después cuando comenzó un descenso sostenido, que continuó hasta 2019. A partir de ese momento, los resultados se estabilizaron, pero lo hicieron en niveles considerablemente peores que los registrados al inicio del siglo.

Por tanto, los datos no permiten resumir este fenómeno simplemente como un efecto de la pandemia.

Tampoco permiten señalar una única causa. Los investigadores plantean posibles cambios culturales y tecnológicos y recuerdan el aumento paralelo de los problemas de salud mental entre jóvenes, aunque este trabajo no busca demostrar que los teléfonos móviles, las redes sociales o cualquier otro factor concreto sean responsables del deterioro observado.

Probablemente exista una combinación de elementos: horarios irregulares, estudio y trabajo, ocio nocturno, dispositivos digitales, estrés o dificultades psicológicas. Además, sueño y salud mental mantienen una relación en ambas direcciones: dormir mal en ocasiones se asocia con una mayor vulnerabilidad a problemas como ansiedad o depresión, y a su vez estos mismos trastornos pueden dificultar el descanso.

Dormir no es tiempo perdido frente al estudio

En el entorno académico aparece además una contradicción bastante interiorizada: cuando falta tiempo, el sueño suele convertirse en una de las primeras cosas que se recortan precisamente para intentar ser más productivo y ganar unas horas más al día.

El problema surge porque aprender depende de procesos que continúan incluso cuando se cierran los apuntes.

Durante el sueño se desarrollan mecanismos relacionados con la consolidación de la memoria y el funcionamiento cognitivo. Dormir mal puede afectar a la atención, la velocidad de procesamiento, la capacidad para mantener la concentración y el rendimiento al día siguiente.

Investigaciones recientes que han utilizado dispositivos para medir el sueño de universitarios apuntan en la misma dirección. Un seguimiento de cuatro años encontró una relación positiva entre la duración del sueño y el rendimiento académico durante toda la etapa universitaria. Otro estudio, que utilizó dispositivos de muñeca para registrar de forma objetiva los patrones de sueño, observó que quienes obtenían mejores resultados presentaban, entre otras características, mayor eficiencia del sueño y horarios menos variables de una noche a otra.

Son hasta ahora meras asociaciones y no permiten afirmar que dormir determinado número de minutos vaya a elevar automáticamente una calificación. Sin embargo, sí cuestionan una idea muy extendida: sacrificar descanso para ganar horas de estudio no siempre implica un mayor o mejor aprendizaje.

El problema de vivir esperando al fin de semana

El porcentaje de estudiantes que solo se sienten descansados dos días por semana resulta especialmente llamativo porque encaja con un patrón conocido: acumular cansancio durante los días lectivos y confiar en recuperarlo cuando llega el fin de semana.

Dormir más después de varias noches cortas puede reducir parte de la somnolencia acumulada, pero no convierte automáticamente cinco jornadas de descanso insuficiente en un problema resuelto.

Además, resulta paradójico que se descanse más precisamente en los días de menor exigencia física y mental, mientras que aquellos en los que el estudiante necesita acudir a clase, comprender contenidos nuevos, tomar decisiones, participar en actividades o realizar una prueba sean también en los que puede tener menos capacidad para mantenerse despejado.

Por último, a esto se suma la regularidad. Alterar considerablemente la hora de acostarse y levantarse entre los días lectivos y el fin de semana puede alterar el ritmo sueño-vigilia y hacer que el lunes volver al horario habitual resulte todavía más difícil.

No todos los estudiantes muestran la misma evolución

El gran tamaño de la muestra permitió detectar además diferencias entre grupos.

El descenso del descanso suficiente durante las dos décadas estudiadas fue mayor entre las mujeres que entre los hombres. Además, los estudiantes pertenecientes a minorías raciales y étnicas presentaban, en conjunto, mayores niveles de sueño insuficiente, aunque la trayectoria de empeoramiento a lo largo de los años fue similar.

Estos resultados no explican por sí mismos el origen de las diferencias, pero recuerdan que hablar de “los universitarios” como un grupo homogéneo puede esconder realidades muy distintas. Condiciones laborales, responsabilidades familiares, situación económica, salud física y mental o incluso el entorno en el que se reside también pueden condicionar cuándo y cómo se duerme.

¿Es el sueño también una cuestión educativa?

Quizá una de las preguntas más interesantes que deja esta investigación no tenga que responderla únicamente cada estudiante.

Si el descanso afecta a la capacidad de aprender, también puede entenderse como una cuestión relacionada con la educación y la organización universitaria.

Los autores plantean medidas que van desde una mayor educación sobre salud del sueño hasta revisar determinados horarios, plazos de entrega o características de los espacios de descanso. No se trata de eliminar la responsabilidad individual ni de pretender que toda persona siga exactamente la misma rutina, sino de dejar de presentar la falta de sueño como una consecuencia inevitable, e incluso casi como una insignia de esfuerzo, de la etapa universitaria.

Durante años se ha hablado de alimentación, ejercicio, salud mental o gestión del estrés como componentes del bienestar del estudiante. El sueño ha recibido bastante menos atención pese a intervenir cada día en algo tan central para cualquier centro educativo: la posibilidad de prestar atención, recordar, razonar y aprender.

Tal vez la cuestión no sea cuántas horas más puede permanecer despierto un estudiante para preparar un examen, sino cuánto de lo estudiado y de lo aprendido al día siguiente puede verse comprometido cuando el descanso se convierte en la variable que siempre estamos dispuestos a recortar.