9 de Septiembre de 2026
Un riñón de cerdo como puente hasta un trasplante humano: nueve meses sin diálisis

La escasez de órganos obliga a muchas personas con una insuficiencia renal avanzada a esperar durante meses o incluso años mientras dependen de la diálisis. Encontrar una alternativa capaz de cubrir ese periodo sin sustituir de forma permanente al trasplante humano es una de las posibilidades que explora actualmente la medicina regenerativa y de trasplantes. Un caso publicado en The Lancet recientemente aporta una prueba relevante de que esa función temporal puede llegar a ser posible.
Tim Andrews tenía 66 años cuando, en enero de 2025, recibió en el Massachusetts General Hospital un riñón procedente de un cerdo que había sido modificado genéticamente. El injerto funcionó durante 271 días y le permitió permanecer casi nueve meses sin necesitar diálisis. Tras retirarlo y volver de forma temporal al tratamiento renal sustitutivo, en enero de 2026 recibió con éxito un riñón humano procedente de un donante fallecido. Era la primera vez que un paciente pasaba de un xenotrasplante renal a un trasplante humano posterior.
El resultado no demuestra todavía que los órganos porcinos puedan sustituir de forma generalizada a los humanos, pero sí que plantea, sin embargo, una posibilidad distinta: poder utilizarlos durante un periodo limitado para mantener la función renal mientras aparece una opción compatible.
La alternativa animal para ganar tiempo una enfermedad terminal
Andrews padecía una enfermedad renal terminal y llevaba más de dos años sometiéndose a diálisis antes de entrar en este programa experimental. En esta fase de la enfermedad, los riñones han perdido prácticamente toda su capacidad para eliminar productos de desecho, regular líquidos y mantener el equilibrio de determinadas sustancias en el organismo.
La diálisis permite reemplazar parte de esas funciones y resulta imprescindible para numerosos pacientes, pero supone una carga considerable. Las sesiones frecuentes, las restricciones asociadas al tratamiento y las complicaciones que pueden aparecer condicionan la vida diaria mientras se espera una opción definitiva.
El problema es que disponer de un donante adecuado no depende únicamente de la necesidad clínica. La compatibilidad, el grupo sanguíneo, la situación del receptor, el tiempo en lista de espera o la disponibilidad de órganos influyen en el proceso. Y es precisamente esa diferencia entre el número de personas que necesitan un riñón y los disponibles la que ha convertido al xenotrasplante en uno de los campos de investigación con mayor potencial dentro de esta especialidad.
En el caso de Andrews, esa alternativa llegó de un animal.
El proceso antes de transplantar un organo animal a un humano
Utilizar órganos de otra especie no consiste simplemente en sustituir el humano por uno animal. El sistema inmunitario está preparado para identificar como extraños determinados componentes presentes en tejidos ajenos y puede reaccionar de manera inmediata contra ellos.
Esa barrera es todavía mayor cuando el órgano procede de una especie diferente. Sin modificaciones específicas, determinadas moléculas presentes en las células porcinas pueden desencadenar respuestas inmunológicas intensas capaces de destruir el injerto en poco tiempo.
El riñón utilizado en este caso procedía de un cerdo donante modificado genéticamente por la compañía eGenesis. El animal había sido sometido a 69 modificaciones genéticas destinadas a reducir algunas de las principales barreras del xenotrasplante. Entre ellas, la eliminación de genes porcinos relacionados con el rechazo, la incorporación de determinados genes humanos para favorecer la compatibilidad y la inactivación de retrovirus endógenos presentes en el genoma porcino.
271 días sin diálisis
Tras la cirugía, el riñón porcino comenzó a desempeñar las funciones necesarias para que Andrews pudiera abandonar la diálisis. Durante los meses siguientes se produjeron episodios de rechazo que pudieron mantenerse bajo control y el injerto continuó trabajando.
Con el tiempo comenzaron a aparecer lesiones vasculares e inflamación que deterioraron progresivamente su rendimiento y cuando el riñón dejó de ofrecer una función suficiente, los médicos decidieron retirarlo. Para entonces ya habían pasado 271 días desde la operación.
La duración es importante, pero el interés clínico no residía únicamente en establecer un récord, sino también en qué ocurriría después. Haber estado expuesto a un órgano animal y a los tratamientos inmunosupresores necesarios para no rechazarlo podía, en teoría, complicar una intervención posterior. Entre esas complicaciones se encuentran la posible aparición de anticuerpos que dificulten encontrar un donante humano compatible.
Los análisis realizados no detectaron anticuerpos capaces de impedir ese siguiente paso por lo que, tras regresar durante un tiempo a la diálisis, Andrews recibió en enero de 2026 un riñón de un donante humano fallecido. La operación se realizó con éxito y no aparecieron complicaciones que pudieran atribuirse al xenotrasplante previo.
Ese recorrido completo es precisamente lo que diferencia este episodio de otros hitos alcanzados anteriormente.
No un sustituto definitivo, sino un puente
Durante décadas, una de las grandes aspiraciones del xenotrasplante ha sido conseguir órganos animales capaces de funcionar durante años y resolver así la falta de donantes humanos.
Ese objetivo continúa presente, pero el caso de Andrews introdujo una aplicación posiblemente más cercana: utilizar un riñón porcino durante el periodo de transición.
En medicina, el concepto de tratamiento “puente” se emplea cuando una estrategia permite mantener estable a una persona hasta que pueda acceder a otra opción. Existen ejemplos en ámbitos como el de la cardiología, donde determinados dispositivos de asistencia ventricular pueden mantener la circulación hasta que se consigue un corazón compatible.
Un xenotrasplante renal podría desempeñar en el futuro una función comparable. En lugar de exigir desde el principio que el órgano animal dure toda la vida, puede considerarse clínicamente útil si ofrece meses o incluso años de función renal y permite reducir el tiempo que determinadas personas pasan sometidas a diálisis.
La experiencia publicada demuestra por primera vez que ese proceso es posible: recibir un riñón porcino, beneficiarse de su funcionamiento durante meses y acceder posteriormente a uno humano. Los propios investigadores señalan que este resultado acerca la posibilidad de emplear esta tecnología como conexión entre la insuficiencia renal terminal y el trasplante convencional.
Un caso pionero que todavía no permite generalizar
A pesar del éxito del procedimiento, es necesario tener presente que este avance todavía cuenta con limitaciones importantes. Se trata de la experiencia de un único paciente y no permite saber cuánto tiempo podrían funcionar estos riñones de forma habitual, qué perfiles obtendrían mayor beneficio o cuáles serían los riesgos cuando el procedimiento se aplique a grupos más amplios.
También continúa siendo necesario perfeccionar el control inmunológico. Aunque el injerto de Andrews permaneció activo durante meses, finalmente sufrió un daño que impidió mantenerlo. Evitar o retrasar esos daños será fundamental para el éxito y desarrollo de los futuros xenotrasplantes.
A ello se suman otros aspectos que deben analizarse mediante ensayos clínicos: posibles infecciones, efectos de una inmunosupresión prolongada, seguridad de las modificaciones genéticas y seguimiento de los receptores a largo plazo.
Por tanto, todavía existe una distancia importante entre demostrar que el procedimiento puede funcionar y convertirlo en una alternativa viable y disponible de forma rutinaria.
Busqueda de opciones para una espera a veces demasiado larga
La medicina de trasplantes no necesita necesariamente una nueva tecnología que sustituya a todas las anteriores para que resulte útil. En ciertos casos, el simple hecho de ganar tiempo puede constituir un objetivo clínico relevante.
Y el recorrido de Tim Andrews muestra precisamente esa posibilidad. Durante casi nueve meses, un riñón procedente de otra especie realizó una función suficiente para mantenerlo alejado de la diálisis y, cuando dejó de hacerlo, la puerta a un trasplante humano seguía abierta.
La ingeniería genética está permitiendo superar barreras que durante mucho tiempo hicieron inviable este tipo de procedimientos. Ahora, el siguiente paso será continuar realizando estudios con más pacientes que demuestren hasta qué punto estos resultados pueden mantenerse en el tiempo y repetirse con seguridad.
El objetivo final sigue siendo reducir el impacto de una realidad que todavía condiciona a miles de personas: necesitar un órgano compatible y no saber cuándo estará disponible. El xenotrasplante no ha resuelto todavía ese problema, pero este caso demuestra que quizá pueda ofrecer algo especialmente valioso mientras llega esa oportunidad: tiempo.