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15 de Octubre de 2026

¿Aprendes mejor viendo o escuchando? El mito de los estilos de aprendizaje

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¿Aprendes mejor viendo o escuchando? El mito de los estilos de aprendizaje

Hay personas que aseguran aprender mejor viendo imágenes, otras necesitan escuchar una explicación y algunas prefieren practicar directamente para entender lo que están estudiando. Seguramente hayas escuchado alguna vez frases como “tengo memoria visual” o “yo aprendo haciendo” e incluso es posible que te hayas identificado con alguna de ellas.

Esta clasificación lleva décadas influyendo en la forma de estudiar y enseñar. Sin embargo, la investigación científica lleva años cuestionando una de sus principales premisas**: que las personas aprenden mejor cuando reciben la información de la forma que consideran más adecuada para ellas.**

Lo sorprendente es hasta qué punto sigue aceptándose esta idea. Una revisión publicada en 2020 en Frontiers in Education, que reunió 37 estudios con más de 15.000 docentes de 18 países, encontró que el 89,1 % creía que adaptar la enseñanza al estilo de aprendizaje del alumno mejoraba sus resultados.

Pero ¿qué ocurre cuando esa creencia se pone a prueba?

Tener una forma favorita de estudiar no significa aprender mejor con ella

La teoría de los estilos de aprendizaje se ha hecho popular a través de modelos como VAK o VARK, que clasifican a los estudiantes como visuales, auditivos, lectores/escritores o kinestésicos. Según este planteamiento, conocer el estilo de cada alumno permite adaptar los materiales y las explicaciones para facilitar su aprendizaje.

El problema es que las preferencias personales no siempre coinciden con los resultados.

Una persona que disfruta viendo vídeos educativos puede sentir que aprende más con ellos que leyendo un texto, pero esa sensación no garantiza que comprenda mejor los conceptos o que vaya a recordarlos después.

Un metaanálisis publicado en julio de 2024 en Frontiers in Psychology analizó 21 estudios con 1.712 participantes para comprobar qué sucedía cuando la enseñanza coincidía con el estilo “asignado” a cada estudiante.

Los investigadores encontraron un pequeño beneficio estadístico general, pero los resultados fueron mucho menos concluyentes al examinar la hipótesis central: que los alumnos visuales rindieran mejor con enseñanza visual y los auditivos obtuvieran una ventaja equivalente con enseñanza auditiva. Solo alrededor del 26 % de las medidas analizadas presentó ese patrón. Ante esos resultados, los investigadores concluyeron que los beneficios no eran lo suficientemente consistentes y la evidencia disponible era demasiado limitada para justificar que los centros educativos adaptaran su forma de enseñar a estas clasificaciones.

Esto no significa ignorar por completo las preferencias, ya que elegir un formato que nos resulte agradable puede favorecer la disposición a estudiar. Lo que no se puede asegurar es que todos tengamos un canal de aprendizaje dominante al que debamos adaptar nuestra formación.

Lo importante también es qué estamos aprendiendo

Imaginemos que dos estudiantes tienen que aprender anatomía humana. Uno se considera auditivo y otro visual. ¿Tendría sentido que el primero estudiara únicamente escuchando descripciones de los órganos y el segundo mediante imágenes?

Para comprender en su conjunto la disposición de los músculos, los huesos o los órganos, los recursos visuales resultan especialmente útiles, independientemente de las preferencias personales. Sin embargo, cuando el objetivo es aprender a realizar una técnica clínica, observar una demostración y practicarla cobra una importancia fundamental.

Lo mismo ocurre fuera del ámbito sanitario. Aprender la pronunciación de un idioma requiere escuchar los sonidos, mientras que interpretar un mapa exige trabajar con información espacial.

Por lo tanto, es evidente que la estrategia de enseñanza más adecuada depende en buena medida del contenido, de las habilidades que se quieren desarrollar y de los conocimientos previos del estudiante.

Esto explica por qué combinar explicaciones, textos, imágenes, demostraciones y actividades prácticas tiene sentido desde el punto de vista educativo. Cada recurso cumple una función diferente y permite trabajar aspectos complementarios de una misma materia.

Esta combinación también está presente en el Modelo Académico de la Universidad Mundae, que integra contenidos teóricos, recursos digitales y experiencias prácticas y de simulación. En las titulaciones sanitarias, donde comprender los fundamentos científicos debe ir acompañado del desarrollo de habilidades clínicas y de la capacidad para tomar decisiones, utilizar diferentes recursos formativos responde a las propias exigencias del aprendizaje.

Cuando las etiquetas terminan limitando el aprendizaje

Es importante entender que, más allá de su eficacia, clasificar a los estudiantes según un estilo concreto también tiene consecuencias. Alguien convencido de que aprende mejor con imágenes podría descartar otros métodos antes de comprobar si le funcionan.

La Education Endowment Foundation, en su revisión actualizada en 2025, advierte de que etiquetar a los alumnos como visuales, auditivos o kinestésicos puede limitar su progreso y condicionar la percepción que tienen de sus propias capacidades. En su lugar, recomienda prestar atención a factores como los conocimientos previos, las dificultades concretas y la evolución de cada estudiante.

Al fin y al cabo, aprender también implica desarrollar habilidades que todavía no dominamos, incluso cuando eso exige salir de nuestra zona de confort para ello.