11 de Septiembre de 2026
25 años después del 11-S: la huella sanitaria que sigue presente

Han pasado 25 años desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. Tiempo suficiente para reconstruir el lugar donde se levantaban las Torres Gemelas, para que una generación que todavía no había nacido conozca aquel día únicamente a través de imágenes y para que quienes eran niños entonces estén entrando ahora en la treintena o la cuarentena.
Sin embargo, 25 años no han sido suficientes para cerrar su historia sanitaria.
Miles de personas continúan recibiendo seguimiento médico por enfermedades relacionadas con lo ocurrido en el World Trade Center. Solo entre los miembros del Departamento de Bomberos de Nueva York incluidos en su programa de salud, más de 10.500 tienen certificada al menos una enfermedad física relacionada con el 11-S, más de 4.200 cuentan con una certificación por cáncer y cerca de 4.500 por algún problema de salud mental.
Y ahora, un cuarto de siglo después, Estados Unidos se prepara para estudiar de forma sistemática a una población que quedó en gran medida fuera de las primeras investigaciones: los aproximadamente 25.000 niños que vivían o estudiaban cerca del World Trade Center cuando cayeron las torres.
La paradoja resume bien lo ocurrido. Cuanto más tiempo pasa desde una catástrofe, más lejos parece quedar el acontecimiento. Para la medicina, en cambio, el paso de los años puede revelar precisamente aquello que al principio era imposible ver.
La nube que siguió al derrumbe
Aunque las imágenes más asociadas al 11-S quedaron asociadas a los derrumbes y a las labores de emergencia, las consecuencias para la salud se extienden mucho más allá de aquel día. El colapso de las Torres Gemelas lanzó sobre Lower Manhattan una enorme cantidad de polvo compuesto por hormigón pulverizado, fibras de vidrio, amianto y otros materiales contaminantes, mientras que los incendios y las posteriores tareas de rescate, recuperación y limpieza prolongaron la exposición durante semanas.
Por su labor, bomberos, policías y sanitarios estuvieron entre los grupos más expuestos, pero no fueron los únicos. También se vieron afectados trabajadores de la zona, residentes, personal de limpieza, estudiantes y niños que regresaron posteriormente a sus colegios, lo que amplió considerablemente la población cuya salud debía seguirse en los años posteriores.
Algunas consecuencias comenzaron a hacerse visibles relativamente pronto, con la aparición de enfermedades respiratorias, trastornos gastrointestinales y problemas de salud mental. Sin embargo, esos primeros diagnósticos no permitían anticipar todo lo que podía ocurrir a largo plazo. A medida que pasaban los años, la atención empezó a desplazarse hacia otras cuestiones: si determinadas exposiciones podían relacionarse con un mayor riesgo de cáncer, si influía el tiempo que cada persona había permanecido en la zona o qué efectos podrían aparecer conforme aquella población envejeciera.
Responder a esas preguntas exigía algo que en 2001 todavía no era posible: observar la evolución de miles de personas durante años e incluso décadas.

Los efectos tardíos de la catástrofe
Una de las razones por las que el 11-S sigue siendo relevante para la investigación sanitaria es que no todas las consecuencias de una exposición aparecen al mismo tiempo. Es relativamente sencillo relacionar una exposición con una irritación respiratoria que surge poco después, pero mucho más complejo es estudiar su posible vínculo con una enfermedad que puede tardar años o incluso décadas en manifestarse.
En oncología, ese intervalo se conoce como periodo de latencia. Por eso, el paso del tiempo no hace necesariamente menos importante una exposición ambiental. En algunos casos ocurre justo lo contrario: es precisamente después de muchos años cuando empiezan a hacerse visibles determinados efectos y cuando resulta posible estudiarlos con mayor perspectiva.
Eso explica que los médicos que atienden actualmente a personas expuestas al World Trade Center continúen diagnosticando nuevos casos de cáncer. Especialistas del programa de salud de Rutgers señalan que algunos tumores pueden tardar 20 o 30 años en manifestarse, de modo que la vigilancia sigue siendo necesaria incluso cuando han transcurrido más de dos décadas desde la exposición.
Entre los miembros del Departamento de Bomberos de Nueva York atendidos por su programa específico, 4.257 personas cuentan actualmente con una certificación por cáncer, principalmente por cáncer de piel no melanoma y cáncer de próstata. Pero el valor del seguimiento no reside únicamente en detectar qué enfermedades aparecen con el tiempo, sino también en poder identificarlas y tratarlas de forma más precoz.
Según el informe publicado este septiembre por el FDNY, el 86 % de los profesionales que participaron en las labores de emergencia y fueron diagnosticados de cáncer seguían vivos cinco años después del diagnóstico, frente al 63 % registrado entre residentes de Nueva York no expuestos y diagnosticados de esos mismos cánceres. Las poblaciones no son directamente comparables y esa diferencia no puede atribuirse únicamente al programa de seguimiento, pero sí ilustra la importancia de mantener una vigilancia sanitaria continuada en colectivos con exposiciones conocidas.
25 años de seguimiento
Para entender realmente qué estaba ocurriendo, no bastaba con atender a cada paciente cuando aparecía una enfermedad. Era necesario observar el conjunto y averiguar si determinados problemas se repetían con mayor frecuencia, en qué personas y cuánto tiempo después de la exposición comenzaban a manifestarse.
De esa necesidad surgió una de las herramientas más importantes para estudiar las consecuencias sanitarias del 11-S: seguir durante años a las personas que habían estado expuestas. El World Trade Center Health Registry permitió reunir miles de historias individuales y convertirlas en información epidemiológica, haciendo posible observar cómo evolucionaban tanto la salud física como la mental con el paso del tiempo.
Investigadores de Columbia señalan precisamente que en 2001 era imposible saber qué efectos aparecerían de forma inmediata y cuáles necesitarían años o décadas para hacerse visibles. Mantener ese seguimiento permitió estudiar no solo la aparición de enfermedades, sino también cómo afectaban al trabajo, a la vida cotidiana y al bienestar de quienes habían estado expuestos.
Ese esfuerzo se amplió en 2011 con la puesta en marcha del World Trade Center Health Program, que ofrece seguimiento médico y tratamiento a personas afectadas por problemas relacionados con el 11-S. JAMA lo considera hoy un ejemplo de atención sanitaria a largo plazo para poblaciones expuestas a grandes catástrofes.
La experiencia acumulada durante estos años ha ampliado, por lo tanto, la idea de qué implica responder ante una emergencia. Salvar vidas y atender a los heridos durante las primeras horas sigue siendo la prioridad, pero cuando existe una exposición ambiental importante el trabajo no termina ahí. Registrar quién estuvo expuesto, en qué condiciones y durante cuánto tiempo, y mantener ese seguimiento a lo largo de los años debe convertirse también en una medida esencial de salud pública.
El impacto psicológico a largo plazo
La salud mental ha seguido una evolución diferente a la de otras consecuencias físicas del 11-S. En términos generales, los síntomas de estrés postraumático y depresión entre los miembros del FDNY han disminuido respecto a los primeros años, pero eso no significa que el impacto psicológico haya desaparecido.
Los profesionales que continúan atendiendo a quienes participaron en las labores de emergencia han observado que algunas personas están empezando a hablar ahora de experiencias que habían mantenido contenidas durante décadas. Factores como la jubilación, el envejecimiento, la aparición de una enfermedad propia o la muerte de antiguos compañeros pueden hacer que recuerdos y emociones vinculados a aquel día vuelvan a adquirir peso muchos años después.
Por eso, el impacto psicológico no sigue necesariamente una evolución lineal. Algunos síntomas pueden reducirse con el tiempo, mientras que otros reaparecen o se manifiestan de una forma distinta a medida que cambian las circunstancias personales. A diferencia de determinadas enfermedades físicas, no se trata únicamente de esperar a que aparezca un diagnóstico, sino de entender cómo una experiencia traumática puede seguir influyendo en distintas etapas de la vida.
De hecho, investigaciones publicadas este mismo año continúan analizando por qué algunas personas que estuvieron expuestas a situaciones traumáticas similares desarrollaron trastorno de estrés postraumático, mientras que otras mostraron una mayor capacidad de adaptación.

Los niños del 11-S: la generación pendiente
Uno de los mayores interrogantes que siguen abiertos 25 años después tiene que ver precisamente con una población que quedó mucho menos representada en los primeros programas de seguimiento: los niños y jóvenes que estuvieron expuestos al 11-S.
Cuando cayeron las Torres Gemelas, alrededor de 25.000 niños vivían o estudiaban en las proximidades del World Trade Center. Algunos eran bebés y otros todavía estaban en gestación. Sin embargo, pocos fueron incluidos en los estudios que posteriormente permitieron conocer con mayor detalle la evolución de los equipos de emergencia y de otros adultos expuestos.
Hoy, cuando quienes eran niños entonces han llegado a la edad adulta, la cuestión de cómo ha evolucionado su salud adquiere mucha más relevancia. Los investigadores quieren determinar si aquella exposición temprana puede estar relacionada con problemas que solo empiezan a hacerse visibles décadas después, entre ellos determinados cánceres, enfermedades cardiovasculares o alteraciones de la salud reproductiva.
Para intentar responder a esas preguntas, los CDC preparan una nueva gran cohorte que incluirá desde personas que todavía estaban en el útero hasta quienes tenían 21 años en el momento de los atentados y que vivían en la zona de Manhattan o Brooklyn. El estudio contará también con personas de edades similares que no estuvieron expuestas, lo que permitirá comparar la evolución de ambos grupos. Su inicio está previsto para 2027.
Que una investigación de estas características comience 26 años después de la exposición que pretende analizar muestra hasta qué punto algunas consecuencias sanitarias solo pueden estudiarse con una perspectiva muy prolongada y también la importancia de incluir desde el principio a todos los grupos potencialmente afectados.
Una investigación que continúa viva
Los atentados del 11 de septiembre marcaron un punto de inflexión en la historia reciente de Estados Unidos. Cambiaron la realidad cotidiana de Nueva York y dejaron una huella en la sociedad estadounidense que perdura hasta el día de hoy, desde la percepción de la seguridad hasta la forma de viajar y los controles implantados en aeropuertos y otros espacios públicos.
En el ámbito sanitario, muchas de las cuestiones que planteó aquella exposición pueden aparecer también después de grandes incendios, accidentes industriales, conflictos o episodios graves de contaminación. En pocas horas, miles de personas pueden quedar expuestas a sustancias cuyos efectos tardarán años en conocerse con precisión.
La experiencia acumulada tras el World Trade Center ha ampliado por eso la forma de entender la respuesta sanitaria ante este tipo de emergencias. Cuando existe una exposición de tal alcance, la atención puede prolongarse durante décadas a través de consultas médicas, programas de detección, registros epidemiológicos y estudios de seguimiento.
Ese trabajo también ha dejado al descubierto algunas carencias, especialmente cuando determinados grupos no fueron incluidos desde las primeras etapas de la investigación. El caso de quienes eran niños en 2001 es uno de los ejemplos más claros: mientras conocemos cada vez mejor la evolución de muchos adultos expuestos, parte de esa generación apenas empieza ahora a estudiarse de forma sistemática.
Veinticinco años después, existe mucha más información sobre las enfermedades respiratorias, los problemas de salud mental o determinados cánceres entre las personas expuestas al World Trade Center. Aun así, la investigación continúa abierta. El paso del tiempo no ha cerrado la historia sanitaria del 11-S; ha permitido conocer aspectos que en 2001 todavía era imposible estudiar.
Imagen principal: Andrea Booher / FEMA.**