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6 de Octubre de 2026

Dos semanas sin café bastan para cambiar más que tu nivel de energía

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Dos semanas sin café bastan para cambiar más que tu nivel de energía

Para muchas personas, el café forma parte del día casi de manera automática. Al levantarse, después de comer, en una pausa del trabajo o antes de empezar a estudiar. Sabemos que la cafeína estimula el sistema nervioso y que dejar de tomarla de repente puede provocar dolor de cabeza, cansancio o somnolencia. Pero lo que ocurre cuando eliminamos el café de nuestra rutina parece ir bastante más allá de sentir que nos falta energía.

Un estudio publicado en abril de este año en Nature Communications siguió precisamente ese proceso: comparó a consumidores habituales de café con personas que no lo tomaban y, después, pidió a quienes estaban acostumbrados a beberlo que lo eliminaran completamente durante dos semanas. Más tarde, volvieron a incorporarlo, esta vez dividido entre café con cafeína y descafeinado.

Los investigadores no se limitaron a observar si estaban más activos o más cansados. Analizaron su microbiota intestinal, metabolitos, estrés, sueño, memoria, atención, ansiedad y comportamiento, entre otros parámetros. El objetivo era estudiar una relación cada vez más investigada: la que existe entre lo que ocurre en nuestro intestino y lo que ocurre en nuestro cerebro.

Dos semanas sin café para ver qué cambia

El estudio incluyó inicialmente a 62 adultos sanos: 31 consumidores habituales de café y 31 personas que no lo tomaban. Tras la primera evaluación, únicamente el primer grupo continuó con el experimento.

Durante 14 días dejaron de tomar café. Después, 16 participantes volvieron a beber café con cafeína durante tres semanas y otros 15 recibieron café descafeinado. De esta forma, los investigadores podían observar no solo qué ocurría al retirar y reintroducir la bebida, sino también hasta qué punto los cambios dependían realmente de la cafeína.

Y ahí aparece una de las primeras claves del trabajo: café y cafeína no son sinónimos.

Una taza contiene cafeína, pero también polifenoles, melanoidinas y numerosos compuestos derivados del propio grano, el tostado y la preparación. Algunos llegan al intestino y entran en contacto con las bacterias que forman nuestra microbiota.

La microbiota también nota que hemos dejado el café

Desde el inicio, los investigadores encontraron diferencias entre la microbiota intestinal de quienes bebían café habitualmente y la de quienes no lo hacían. No se trataba solo de tener más o menos cantidad de determinadas bacterias: también variaban sustancias producidas o transformadas en el intestino que participan en procesos relacionados con la digestión y la comunicación con el sistema nervioso.

Por ejemplo, los consumidores habituales presentaban mayor abundancia de bacterias de los géneros Cryptobacterium y Eggerthella y niveles más bajos de varios metabolitos, entre ellos el ácido indol-3-propiónico y el GABA, un neurotransmisor implicado en la regulación de la actividad del sistema nervioso. El estudio no permite interpretar estas diferencias como buenas o malas por sí mismas, pero sí muestra que tomar café de forma habitual deja una huella biológica que va más allá de la cafeína y de la sensación de estar más despierto.

Además, parte de esas modificaciones metabólicas cambió cuando los participantes dejaron el café durante dos semanas y volvió a hacerlo al incorporarlo de nuevo. La reintroducción alteró la microbiota tanto con café normal como con descafeinado, lo que apunta a que otros componentes de la bebida también participan en esa interacción. Entre ellos están los polifenoles y las melanoidinas, compuestos que llegan al intestino y que en investigaciones previas se han relacionado con bacterias capaces de producir ácidos grasos de cadena corta, sustancias importantes para la salud intestinal.

Ahí está precisamente lo interesante: una taza de café no actúa únicamente sobre el cerebro a través de la cafeína. También entra en contacto con un ecosistema intestinal capaz de transformar parte de sus componentes y generar metabolitos que después interactúan con otros sistemas del organismo.

Eso no significa que exista una única “microbiota del bebedor de café” ni que beberlo sea automáticamente beneficioso para el intestino. La composición de la microbiota depende también de la dieta, los medicamentos, el entorno y numerosas diferencias individuales. Pero el experimento muestra que un hábito tan cotidiano como tomar café todos los días deja cambios detectables y, al menos en parte, reversibles cuando desaparece de la dieta.

Del intestino al cerebro

El intestino y el cerebro mantienen una comunicación constante. No significa que una bacteria intestinal “controle” directamente nuestro estado de ánimo o nuestra memoria, pero sí que las sustancias que producen o transforman las bacterias forman parte de una red en la que también intervienen hormonas, el sistema inmunitario y las conexiones nerviosas.

Por eso los investigadores no se limitaron a comprobar cómo cambiaba la microbiota. También midieron estrés, ansiedad, sueño, impulsividad, atención y memoria para comprobar si las diferencias intestinales aparecían al mismo tiempo que cambios en estas funciones.

Y encontraron varias coincidencias llamativas. Al inicio del estudio, los consumidores habituales de café mostraban mayor impulsividad y reactividad emocional que quienes no lo tomaban. Cuando dejaron el café durante dos semanas, ambas puntuaciones disminuyeron. Más adelante, al volver a introducirlo, tanto el grupo que tomó café normal como el que recibió descafeinado registró menos estrés percibido, síntomas depresivos e impulsividad que al comienzo de esa fase.

También aparecieron diferencias según el tipo de café. Quienes volvieron a tomar cafeína redujeron algunas medidas de ansiedad y malestar psicológico y mejoraron en una prueba de atención. En cambio, el grupo que tomó descafeinado mejoró la calidad del sueño y obtuvo mejores resultados en varias pruebas de memoria, algo especialmente interesante porque apunta de nuevo a que no todos los efectos del café dependen de la cafeína.

Al analizar conjuntamente todos los datos, el equipo identificó además nueve metabolitos estrechamente relacionados tanto con determinadas bacterias intestinales como con algunas de estas medidas cognitivas. Entre ellos estaban la cafeína, la teofilina y varios compuestos derivados de los polifenoles del café.

Lo interesante es que los cambios intestinales y los relacionados con sueño, memoria, atención o estado de ánimo aparecieron de forma paralela, reforzando la idea de que el café actúa sobre varios sistemas a la vez. El siguiente paso será aclarar qué peso tiene cada mecanismo y cuáles de estas relaciones responden realmente a la microbiota, a otros compuestos del café o a la combinación de ambos.

Dejar el café tampoco produjo exactamente lo esperado

Durante los primeros días sin café aparecieron algunos de los síntomas más conocidos de la abstinencia de cafeína, especialmente somnolencia y dolor de cabeza. Sin embargo, ambos fueron disminuyendo de forma significativa a partir del cuarto día.

Lo más llamativo es que, a medida que avanzaban las dos semanas de retirada, los participantes no se sintieron progresivamente más cansados. Al contrario: la fatiga declarada disminuyó y la sensación de energía aumentó. Es decir, el malestar inicial asociado a dejar el café no se mantuvo durante todo el periodo de abstinencia.

Este resultado encaja con una idea importante para interpretar el estudio: parte de lo que asociamos al café depende de la adaptación del organismo al consumo habitual. Cuando desaparece de la rutina, los primeros días pueden resultar incómodos, pero esa respuesta no permanece necesariamente igual con el paso del tiempo.

Entonces, ¿qué nos dice realmente este estudio?

La investigación se realizó con una muestra reducida: 62 participantes en la comparación inicial y solo 31 en las fases de retirada y reintroducción. Además, su objetivo principal era estudiar la microbiota, por lo que los resultados relacionados con sueño, memoria, ansiedad o atención deben interpretarse también dentro de ese contexto.

Aun así, el experimento muestra algo especialmente interesante: el café deja efectos detectables mucho más allá de la sensación de estar despiertos. Al eliminarlo durante un tiempo y volver a introducirlo cambiaron metabolitos, determinadas bacterias intestinales y varias medidas relacionadas con el comportamiento y la cognición.

Y quizá ahí esté la parte más relevante. Solemos reducir el café a una ecuación sencilla: cafeína igual a energía. Pero una taza contiene muchos otros compuestos que también interactúan con el organismo y, en particular, con el ecosistema intestinal.

Por eso, analizar qué ocurre cuando dejamos de beber café permite observar algo que normalmente pasa desapercibido: hasta qué punto una rutina tan cotidiana se relaciona con cambios en el intestino, el metabolismo y algunas funciones vinculadas al cerebro.