3 de Septiembre de 2026
Alcohol y cáncer: el riesgo que va mucho más allá del hígado

Cuando se habla de los efectos del alcohol sobre la salud, hay una asociación que aparece casi de forma automática: alcohol e hígado. Cirrosis, hígado graso o hepatitis alcohólica son algunas de las consecuencias que ya conocemos. Sin embargo, hay otra relación respaldada desde hace décadas por la evidencia científica que todavía parece mucho menos interiorizada: el consumo de alcohol también aumenta el riesgo de desarrollar varios tipos de cáncer.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasifica las bebidas alcohólicas como carcinógenas para los seres humanos desde 1987, por lo que no se trata de una advertencia reciente, ya que actualmente existe evidencia causal suficiente para relacionar su consumo con al menos siete localizaciones tumorales.
Un nuevo análisis publicado en The Lancet Regional Health – Americas vuelve ahora a poner esta relación sobre la mesa. Según sus resultados, el número estimado de muertes por cáncer atribuibles al alcohol en Estados Unidos pasó de 11.361 en 1990 a 23.126 en 2023. Pero quizá lo más relevante no sea únicamente que la cifra haya aumentado, sino observar qué tipos de tumores aparecen detrás de esas muertes y a qué edades.
No es solamente cáncer de hígado
El análisis utiliza más de tres décadas de datos del Global Burden of Disease para observar cómo ha evolucionado la mortalidad por cáncer atribuible al consumo de alcohol.
Entre los tumores relacionados con el alcohol aparecen los de colon y recto, mama, esófago, boca, faringe y laringe.
En los adultos de 20 a 54 años, por ejemplo, el cáncer colorrectal fue el que concentró una mayor mortalidad atribuible al alcohol si hablamos de hombres. En las mujeres de esa misma edad, el primero fue el cáncer de mama, seguido también del colorrectal.
¿Cómo puede el alcohol favorecer distintos tipos de cáncer?
Cuando bebemos alcohol, el organismo tiene que transformarlo para poder eliminarlo. Durante ese proceso se genera acetaldehído, una sustancia que puede dañar el ADN de las células y dificultar algunos de sus mecanismos de reparación.
Si este tipo de alteraciones se repite a lo largo del tiempo, puede aumentar la probabilidad de que aparezcan cambios celulares relacionados con el desarrollo de un tumor. Sin embargo, esta no es la única vía por la que el alcohol puede influir en el riesgo de cáncer.
Su consumo también puede favorecer el estrés oxidativo, afectar a la forma en la que el organismo utiliza determinados nutrientes y modificar algunos niveles hormonales. Esto último resulta especialmente relevante en el cáncer de mama, ya que el alcohol puede influir en las concentraciones de estrógenos.
A estos efectos se suma además su relación con distintos factores de riesgo. Cuando alcohol y tabaco se consumen de forma conjunta, por ejemplo, pueden potenciar el daño en determinados tejidos y aumentar especialmente el riesgo de algunos tumores de la boca y la garganta.
¿Y si el consumo es pequeño?
Esta es probablemente una de las dudas más habituales. Durante años ha sido frecuente hablar de consumo “moderado” como si existiera una frontera clara a partir de la cual el alcohol comienza a resultar perjudicial. En relación con el cáncer, sin embargo, esa frontera no funciona de una manera tan sencilla.
En general, el riesgo aumenta conforme crece la cantidad de alcohol consumida, pero puede comenzar a incrementarse también con cantidades relativamente bajas, especialmente en determinados tumores como el cáncer de mama. Por ese motivo, la Organización Mundial de la Salud señala que, desde el punto de vista del riesgo oncológico, no puede establecerse un nivel de consumo completamente libre de riesgo.
Eso tampoco significa que beber una copa vaya a provocar un cáncer ni que dos personas con el mismo patrón de consumo vayan a desarrollar necesariamente la misma enfermedad.
Estamos hablando de probabilidades, no de certezas aplicables a todas las personas.
En el riesgo final intervienen muchos otros elementos: edad, predisposición genética, tabaquismo, alimentación, actividad física, exposiciones ambientales o simplemente factores biológicos que todavía no podemos controlar ni predecir por completo.
Lo que sí permite afirmar la evidencia disponible es algo más sencillo: cuanto menor es la exposición al alcohol, menor es el riesgo que podemos atribuirle.
¿Qué significa realmente que una muerte sea “atribuible al alcohol”?
Es necesario detenerse y comprender esta expresión para interpretar correctamente las cifras del estudio.
Las 23.126 muertes registradas para 2023 no corresponden a certificados de defunción en los que figure que el alcohol fue directamente la causa del fallecimiento. Se trata de estimaciones epidemiológicas obtenidas combinando datos sobre consumo, riesgo conocido para distintos tumores, población y mortalidad.
Estas herramientas permiten calcular qué parte de la carga de una enfermedad podría asociarse estadísticamente a un determinado factor de riesgo.
Por eso, tampoco sería correcto interpretar que el riesgo individual de morir por un cáncer relacionado con el alcohol se ha duplicado desde 1990 únicamente porque haya aumentado el número absoluto de fallecimientos estimados. Durante más de tres décadas también han cambiado el tamaño de la población estadounidense, su distribución por edades, los hábitos de consumo, la incidencia de distintos cánceres y muchos otros factores.
Una relación conocida por la ciencia, pero no siempre por la población
Es especialmente llamativo comparar la percepción social que se tiene del alcohol con la del tabaco.
Hoy resulta difícil encontrar a alguien que desconozca que fumar aumenta el riesgo de cáncer. Con el alcohol, esa relación no siempre es igual de evidente, en parte porque su consumo está profundamente integrado en numerosas situaciones sociales y culturales.
La clasificación de la IARC puede ayudar a entender hasta qué punto está consolidada la evidencia: el alcohol pertenece al Grupo 1 de agentes carcinógenos para los seres humanos, la categoría utilizada cuando existen pruebas suficientes de que una exposición puede causar cáncer. En ella también se encuentran el humo del tabaco o el amianto.
Esto no significa que beber alcohol, fumar o exponerse al amianto impliquen exactamente el mismo riesgo. La clasificación indica la solidez de la evidencia sobre su capacidad para causar cáncer, no cuánto riesgo representa cada agente ni qué exposición resulta necesaria para producirlo.
Y precisamente ahí se encuentra una parte importante de la educación sanitaria: conocer un factor de riesgo no convierte una conducta en una certeza de enfermedad, pero sí permite valorar mejor sus posibles consecuencias y tomar decisiones con una información más completa.
En el caso del alcohol, esa información incluye también una relación con el cáncer que todavía no siempre se percibe con la misma claridad que otros efectos asociados a su consumo.